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El Crucifijo del Amor Misericordioso

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Aprendiendo a amar

Estos primeros años de su vida religiosa están marcados por una serie de pruebas y sufrimientos físicos y morales por medio de los cuales el Buen Jesús, como ella le llamaba, va labrando su madera para prepararla a la misión que la espera. Aprende la ciencia del amor haciéndose disponible como una escoba, fijando la mirada en la Cruz de Jesús y saliendo al encuentro de los pobres.

Con asombro de unos y recelo de otros, iban viendo las personas que con ella convivían que Dios le concedía numerosas gracias extraordinarias. Sufrimientos físicos atroces se mezclaban con consolantes experiencias místicas. Ahora, a distancia de tiempo, vemos con claridad que Dios había puesto su mirada en esta su humilde esclava y se la reservaba para llevar a cabo un plan especial en beneficio de la humanidad. Iba a ser la depositaria de un carisma extraordinario: sería la encargada de difundir por el mundo la devoción del Amor Misericordioso.

Fueron sus directores espirituales, quienes, desde la privilegiada perspectiva de su alma abierta como un libro, pudieron vislumbrar su misión y la prepararon a conciencia. También como en la vida de la mayoría de los santos, se alternan en la madre Esperanza gravísimas enfermedades e inexplicables curaciones.

En la Navidad de 1927 acontece un episodio decisivo para entender lo que Dios quiere de ella. Forma parte de la comunidad ubicada en la Calle Toledo de Madrid. La casa no pertenece a la Congregación de las Claretianas sino a una Asociación de Señoras Católicas. Madre Esperanza prepara, con la ayuda de la Providencia, una comida para unos 400 pobres que, hambrientos, llenan la casa. En aquel momento llega una señora de la Asociación: “…me dice: ¿Quién le ha autorizado a usted para que meta aquí a esta gente a ensuciarlo todo? … No Señora, no han venido a ensuciarle nada sino a comer pues es Navidad… Se guardará usted de volver a traer aquí a los pobres; eso lo podrá hacer cuando la casa sea suya. Yo muy apenada acudí al Señor y Él me dijo: Esperanza, donde no pueden entrar los pobres no entres tú; ¡Fuera de esa casa!... Señor ¿a dónde voy? (Exhort. 15.08.66)

Dios la llamaba, como a Santa Teresa, no a una vida tranquila y regalada o a una congregación cómoda y rutinaria, sino a una contemplación sublime y a una caridad solícita.



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